Texto: @franciscoxec

¿Por qué se llora la muerte de un famoso? La primera vez que me cuestioné esto fue con Lady Di, pero no porque yo haya llorado sino porque las muestras de dolor inundaron el planeta. En esa época (1997), ya usábamos Internet, pero no existían esos amplificadores de emociones que son las redes sociales. Aún así, los medios tradicionales (radio, TV, periódicos) retransmitieron la pena de millones de personas.

El funeral de Lady Di fue un fenómeno de masas.

Por esa época, también murió la Madre Teresa de Calcuta. Es por eso que con unos amigos aprovechamos y bautizamos a nuestro grupo de rock “Lady-Calcuta” para participar en un festival musical de la universidad. Lamentablemente, al momento de firmar la inscripción, alguien pensó que el afligido público podría lincharnos, así que cambió el nombre a “Lady-Jon”. O sea, “ladillón” (o ladilla gigante). El público se cagó de risa cuando escuchó nuestro nombre.

También recuerdo otras muertes: la de Cobain (1994) y la de Michael Hutchence (1997). El primero me dio igual y el segundo sí me apenó. No mucho, pero sí me apenó. Pensé que se debía a preferencias estéticas, pero pensándolo bien es que a Cobain lo racionalicé más, me parecía alguien que de alguna manera había contribuido a prostituir la música ‘underground’; cosa que ahora me importa un comino. Mientras tanto, Hutchence, a pesar de ser mucho más pop, me pilló no solo desprevenido sino que él llevaba más tiempo en escena (desde 1977), con lo cual podía asociarlo con un mayor número de experiencias de mi adolescencia. Era más entrañable, por así decirlo.

No solo recordamos al famoso sino a las experiencias asociadas.

1. Y he aquí la primera razón para sentir profundo pesar por la muerte de un famoso: las experiencias con las que lo asocias.

Saltando varios años, recuerdo la de Bowie (2016), que más bien me hizo celebrar la muerte. Lo festejé, le rendí homenaje (en la puerta de su edificio en Manhattan junto a miles de espontáneos en Lafayette Street). No sé por qué reaccioné así.

¿Por qué recuerdo ahora estas muertes? Porque estoy intentando exorcizar la pena que me ha producido la muerte de un periodista deportivo. “¡Vaya, qué poco glamoroso!”, dirán los más condescendientes. En mi caso, lo que siento es intriga por la pena tan grande que siento. No lo entiendo. Si la muerte de un famoso tuviera que afectarme, tendría que ser alguien ligado a la música, la literatura, la política o un atleta. ¡No un periodista!

La voz de la selección peruana de fútbol. (Foto El Comercio).

El señor en cuestión se llama Daniel Peredo. Ha pasado una semana y aún me conmueve. ¿Por qué? ¿Qué me está pasando? Pues algunas respuestas estoy encontrando…

Yo, al igual que muchos afectados, no lo conocía personalmente. Pero, a la vez, puedo afirmar que sí lo conocía. Esta aparente contradicción tiene una explicación: por mi trabajo, lo escuchaba en la radio de lunes a viernes y veía el programa de televisión que él conducía con más colegas en esos mismos días. ¡Más de una hora estuve con él cada día durante casi un año!

2. Y he aquí la segunda razón para llorar la muerte de un famoso: cuando lo conocemos. No somos su familia o amigos, pero sí consumimos su trabajo (que no es poca cosa) y, por lo tanto, lo conocemos.

3. Al respecto, aquí aparece una tercera razón: el tiempo juntos. ¡Más de un año escuchando y viendo a Peredo casi todos los días! En algunos casos, como los seguidores de las series, la relación con el famoso puede ser de hasta más de un lustro. ¿Y cuántas amistades o relaciones duran tanto en estos tiempos de lo efímero?

Usar y tirar…

4. La cuarta causa es ser de la misma generación. Recuerdo la pena que sintió mi abuelita cuando murió Cantinflas, a quien ella nunca le había prestado demasiada atención. “Debe ser que es de mi época”, dijo mientras soltaba un suspiro por allá en 1993.

5. La quinta razón es la forma en la que sucede la muerte. En el caso de Peredo, fue un ataque cardíaco que nadie esperó; ni la gente más cercana a él. La sensación de que a cualquiera le puede pasar, incluyendo a uno mismo, se hizo más presente que nunca, generando pensamientos existenciales en muchos.

El primer motivo, ya explicado antes con INXS, es asociar al famoso con acontecimientos. Y Peredo, que fue la voz de todos los partidos de estas eliminatorias rumbo a Rusia, estaba íntimamente relacionado a uno que causó conmoción en el Perú: su clasificación a un mundial luego de 36 años. Más allá de si se considera ello un hecho superficial, la alegría que causó en el país andino fue real. Una emoción con ribetes de epopeya, por cómo se consiguió este logro deportivo.

La emoción embargó al país andino. (Foto AFP).

Sobre la talla profesional de Peredo no escribiré, porque ello ya ha sido hartamente señalado por los opinólogos peruanos, considerada esta la principal razón por la que la muerte de este periodista deportivo causó tanto pesar. Al respecto, sé que el fallecimiento de otros periodistas respetables, como Gustavo Gorriti, no causaría el “fenómeno social Peredo”, pero también que la muerte de otros periodistas, reyes del insulto y la chabacanería, causaría la indiferencia en el mejor de los casos. Digamos que las virtudes o defectos del famoso explican solo una pequeña parte de lo que se puede generar alrededor de su muerte.

Por último, quiero dejar constancia que escribo esto como terapia, pues es lo aconsejable cuando no tienes redes sociales en las que compartir este tipo de pena con más gente… ni cuando a tus mejores amigos y familiares les importa un pepino el tema. Y créanme, ahora que escribo esta última línea, me siento mucho mejor.

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