Trump: el ‘revolucionario’ que no fue

Por @franciscoxec

Afuera de Estados Unidos, todos recuerdan el Muro de México, pero este solo era la punta del Iceberg. Lo que Donald Trump prometía era trabajo, y de verdad. No como el de ahora; sin contratos, un día sí y un día no… Él ofreció curro como el de antes. (El “AGAIN” del “Make America Great Again” no era gratuito). OTRA VEZ…

Veamos su principal vídeo de campaña para 2016:

«Recuperar el poder para el pueblo, los poderosos del país están coludidos con grandes fortunas globales que nos quieren robar; para más pruebas, los infames tratados de libre comercio”. Esto pudo haberlo dicho tanto Chávez como Le Pen; tanto la “extrema izquierda” como la “ultraderecha”, qué importa. Si no es porque, en el aviso, el mismo Trump dice que los trabajos se fueron hacia México y China, recién uno puede ubicar que el contexto es el estadounidense. ¿Lo dijo un marxista? ¿Un fascista? Da igual, es un discurso rompedor, revolucionario y caló entre la gente normal. Ya, en 1992, el independiente Ross Perot alcanzó un 18% de votación con un relato similar, donde el principal enemigo era el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Que el anterior vídeo lo haya narrado un candidato republicano es de risa, pero si es Donald Trump, ya no suena tan incoherente, a pesar de ser él parte del ‘establishment’ (o ‘casta’, como dirían en España). Y es que el magnate se ha esforzado en tener los modales que más lo aparten de esa abominable élite que le «roba al pueblo americano». Al respecto, es difícil saber si él se imaginó algún día ser el hombre que es ahora, cuando en los 80 se presentaba tan cool, tan Duran Duran, tan sofisticado…

Otro espíritu en su cuerpo.

Y fueron precisamente sus modales, no sus inalcanzables metas políticoeconómicas, las que erizaron la piel de los republicanos más elegantes. Tanto así que Trump tuvo que amenazar con lanzarse a la presidencia como independiente; algo que asustó aún más a sus copartidarios, que nunca olvidarán lo que sucedió cuando otro republicano, en 1912, Theodore Roosevelt, hizo precisamente eso: ir solo. ¿El resultado? Apenas un estado para los republicanos, seis para Roosevelt y el resto (40), para los demócratas. El Apocalipsis.

Hoy en día, el resto es historia con Trump. La ‘revolución’ no se hizo realidad. No hubo muro. El Obamacare sigue ahí… Ni siquiera su intención de dejar de enviar soldados por todo el mundo (no por pacifista sino porque eso cuesta dinero) se hizo realidad. Eso sí, derogó cuantas leyes medioambientales pudo para «salvar empleos»; como si las energías renovables no ofrecieran nuevos puestos de trabajo. También no dejó de reventar Twitter, causando sobreinformación que los medios no fueron capaces de discernir con sabiduría, colocando varias noticias más importantes al nivel del tuit de turno.

Es por eso que, a la hora de buscar la reelección, Trump no tenía qué decir. Su discurso revolucionario quedó en nada. Y el resultado de todo ello es el siguiente vídeo, el principal de su campaña:

Los números.

Desde 1853 solo dos partidos ganan las elecciones en Estados Unidos: el demócrata y el republicano. Y es a partir de Bill Clinton, en 1993, que los presidentes de ambos bandos eran reelegidos y luego intercalados.

Presidente Periodo
Bill Clinton 1993-1997 y 1997-2001
George W. Bush 2001-2005 y 2005-2009
Barack Obama 2009-2013 y 2013-2017

Siguiendo esta tendencia, que podríamos llamarla “era de la reelección y alternancia”, Donald Trump tendría que haber sido reelegido holgadamente en 2020 y la verdadera contienda para el cambio de mandato partidista tendría que haber sido en 2024. Según la lógica de los últimos 27 años, la actual contienda debió ser solo una formalidad y no la apretada lucha que vemos en estos días (otra característica de esta ‘era’ había sido la contundencia de las reelecciones).

¿Pero y qué hizo que la era de «reelección y alternancia» haya durado 27 años? Puede que el carácter estadounidense (en caso eso exista), pero con Bill Clinton es más objetivo tener en cuenta el resurgimiento económico durante su mandato; tanto así que Al Gore heredó una buena cantidad de votos; casi repitiendo lo que Ronald Reagan logró con George W. H. Bush: tres mandatos consecutivos republicanos.

Después de mentir, el pueblo lo quiso más.

¿Y qué hizo George W. Bush para ser reelegido? Tener a su país en guerra luego del 11 de septiembre. La unidad del pueblo americano en torno a su presidente se evidenció en una contundente reelección. Nunca importó que el país atacado no haya tenido las famosas armas de destrucción masiva; cuestionar ello hubiera sonado a muchos a traición a la patria en ese momento.

Con respecto al primer periodo de Barack Obama, la esperanza (HOPE) que su mandato inspiró después de los descalabros económicos y de política internacional del gobierno de George W. Bush, seguía aún vigente; además de una leve recuperación económica. Sin embargo, el camino estaba servido para un cambio de partido después de él en 2018, pues tampoco hizo nada extraordinario. Al fin y al cabo, él simplemente fue un presidente de Estados Unidos.

¿El virus que ‘no importa’ lo derrotó?

En el caso de Trump, él jugó todas sus cartas de reelección a una recuperación económica aún más pronunciada que la de Obama; aunque muchos dicen que él surfeaba en las olas que le había dejado su antecesor. Hasta que llegó el coronavirus. Es ahí donde Trump demostró ser una persona normal, no un estadista o político sagaz. El coronavirus era un enemigo. Y tranquilamente pudo él haber puesto a su país en «estado de guerra», tal como lo hizo su correligionario George W. Bush. Sin embargo, su obsesión con los números lo llevaron a prácticamente convertirse en un negacionista del virus. ¿Cómo pelear contra algo que él mismo se esforzó en negar?

A pesar de ese error estratégico que le habría valido una reelección muy holgada, es impresionante la cantidad de gente que votó por él (70 millones). Tal vez, una buena explicación fue el casi ‘plebiscito’ que quiso hacer con el virus: libertad (yo) vs. confinamiento (él). Una estrategia buena para cazar millones de votos entre quienes temen no poder pagar la hipoteca mientras los negocios sigan cerrando, pero no lo suficientemente convicente como para asegurar la reelección de un político que genera tantos anticuerpos.

Es por ello que más impresionante aun es la cantidad de personas que votaron contra él (74 millones). Joe Biden no es el candidato más sexy del mundo, pero sí el más votado en la historia de Estados Unidos. Así que esos no fueron solo votos hacia el demócrata sino contra el republicano; el revolucionario que nunca fue, más sí el incendiario.

La estrategia política de Trump, basada en el milenario «divide y reinarás», deja a la sociedad estadounidense más fracturada de su historia; inclusive familias divididas. Hasta el punto de que hoy en día es muy difícil tener un conversación sobre él sin que broten las emociones más primarias y el raciocinio sea dejado de lado ¿Ahora que, aparentemente, él tiene los días contados, se convertirá en algo peor que un incendiario? Por el momento, ya dinamitó el sistema democrático estadounidense dejándolo con la reputación de una república bananera dictatorial (por lo menos entre sus seguidores, que se cuentan por millones).

«Si no es mía, no será de nadie», como el malo de Tenet.

El pueblo estadounidense ya comprobó que ni con un negro ni con el «tío loco de alguien» se puede lograr un cambio en un estado tan constituido como el que los gobierna. Tanto el partido demócrata como el republicano son parte del aparato de estado. No pueden dar más de lo que son. Y tampoco el presidente que salga de esos dos partidos. La puerta queda abierta, entonces, a una tercera alternativa en las próximas elecciones… si es que las hay.

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