Passengers (2016) por Malivern

Los poseedores de la clave y la cifra, los guardianes del secreto, muchas veces lo son en tanto que el secreto ha sido urdido sólo por ellos, ensimismados en su entelequia y fantasía secreta. Pertrechados de ella, cavan los cimientos y alzan un edificio fantasmagórico. Un castillo de humo. Los mandarines que habitan ese castillo y elaboraron el «canon» (sea eso lo que sea) de la CF, establecieron dos premisas básicas que toda creación que reclamara el marchamo de CF «legítima » debía cumplir. A saber: respeto reverencial y referencial a los clásicos de la literatura (Ulises XXI, por ejemplo) y un trasfondo filosófico que cuestionase la condición humana desde múltiples perspectivas; por ejemplo: Solaris. Proyectar nuestro presente a un futuro o un pasado, que disloque, aunque sea un poco, la mente del lector/a, espectador/a; aunque, hablando del presente, casi mejor decir consumidor/a.
Todo este rodeo para decir que Passengers parece una película hecha por un devoto seguidor del canon. Pero la lectura del canon engendra blasfemos, excéntricos heterodoxos, iconoclastas y …meapilas. Y éste último, lamentablemente, en mi opinión, es el caso.
Síntesis: Una nave interestelar colonial con más de cinco mil humanos a bordo (pasaje de pago), abandona la Tierra hacia HomeStead II, planeta al que llegarán para iniciar las labores de colonización tras un viaje de 120 años.
Todos, pasaje y tripulación, son convenientemente invernados. Un perfecto ejemplar de WASP, pero con fondillo proleta, se despierta y descubre que es el único en vela. Se nos revela al poco, que algún fallo lo ha arrojado al mundo de los conscientes. Con la única compañía de un barman androide que parece la reencarnación cibernética de Mr. Chance, inicia un descenso hacia la locura y el abandono recreándose, como un adolescente, por la zona de primera clase de la nave. Ni que decir tiene que antes de abandonarse al hedonismo autodestructivo ha intentado, como buen hijo del ingenio y la iniciativa gringa, salvar la situación en plan Mac Giver. Pero las naves interestelares están hechas a prueba de los sopletes láser más avanzados.
Esta espiral en descenso sólo puede acabar de una manera. El prota cachas, que ya luce unas barbas de Robinson demenciado, se enfrenta al único problema filosófico importante, Camus dixit: el suicidio.
Decide abandonar la nave y arrojarse al espacio, pero en el último momento es incapaz de dar el paso al vacío. Para salvarse de la nada que le rodea, decide despertar a una de las pasajeras. La decisón, cuyo horror no se le escapa, se la impone él o su locura, tras un largo proceso de escrutinio casi entomológico de la víctima.
Este husmeo insano sobre la vida previa de la bella durmiente, convenientemente digitalizada en su cápsula de invernación, deviene, como no, en enamoramiento. Y por este amor la despierta, es decir la condena a la consciencia de su infierno, les quedan 89 años de travesía.
La bella durmiente despertada es ajena a la verdad, y se inicia un idilio una vez aceptado lo inevitable: están atrapados , jamás llegarán con vida a su destino. Estamos hablando de descendientes de los puritanos del Mayflower, así que es un idilio de comedia romántica Hollywoodiense. Chicos blancos formales enamorados , qué bonito.  Cuando más felices se las prometía el prota, la Blancanieves cósmica descubre que el cabrito la despertó y estalla el típico drama de la tragicomedia gringa, dentro todo de un orden, estamos hablando de gente civilizada, no hay furia homicida, algo que habría sido muy divertido, pero no. Primera ocasión perdida.
Asoma ligeramente el morro, en la relación, una tensión interclasista; el prota es mecánico y la prota es una niña pija que funge de escritora. Él emigra para ir a un  mundo en el que se pueda sentir útil como mecánico. » En la Tierra cuando algo se rompe se sustituye, yo quiero reparar cosas». Ella emigra para, tras residir un año en HomStead II, escribir sobre la vida allá y volver a la Tierra para contar la más grande historia de la Humanidad, el Éxodo a las estrellas, y recoger la gloria. Estas ínfulas de Evangelista le cuestan una fortuna… y, como no, la vida.
Los colonos al embarcarse en un viaje de 120 años, cancelan su vida previa, la finiquitan por un futuro incierto. ¿Qué diferencia hay entre despertar en HomeStead II, el Averno  flotando en el techo de una habitación de hospital, o contemplar tu propio cadáver eviscerado sobre las vías del tren, esperando al cura o al juez de guardia ? Por lo poco que se vislumbra, la vida en la Tierra es una pesadilla neoliberal con ropajes de bulímica socialdemocracia lánguida, un paraíso de crucero eterno y plástico, pesadilla de las que nuestros protas quieren huir durmiendo 120 años para despertar en un  mundo mejor … A Brave New World.  Ni rastro del apocalipsis diario de Elysium.
La cuota racial hace su aparición para romper con la dinámica de pareja rota, encabronada  y enfrentada que comparte piso. Lo hace en la forma de Morfeo de Matrix, ahora eficaz marino intergaláctico que, despertado también del capullo invernatorio por un fallo del sistema, lo digo sin ánimo de guasa, para descubrir que algo va terriblemente mal y la nave se dirige a su destrucción total, se pone manos a la obra para remediarlo.
Morfeo desaparece convenientemente tras prestar su último servicio a los señoritos, y el prota se redime en un acto de heroísmo y todo acaba bien. Hay reconciliación. El ciclo New Wave de pensamiento positivo fascistoide se ha completado: castigo, penitencia, expiación y redención.  Todo aderezado con hologramas y reactores atómicos.
Los protas hacen de su Mayflower su propio Edén, llenan la nave de gallinas y ficus para espanto de los viajeros cuando despiertan. La voz en off de la prota mientras acontece el despertar colectivo, nos revela que lega para generaciones futuras el relato de su experiencia. Su esperanza de vencer a la muerte y al olvido gracias a su obra se ve cumplida. Este relato idílico del origen edénico de la nueva humanidad transplantada, transplanetada, emigrada, lo imagina uno sin aristas, como la película, suave y pulida, que pasa de puntillas sobre temas como el suicidio, la lucha de clases , y nos deja el regusto empalagoso de cualquier típica comedia romántica.
Confieso que, para matar el aburrimiento, mientras veía esta sucesión de imágenes de  anemia y metacrilato, empecé a pensar maldades como alternativas de guión. Imaginaba que la nave no era más que un monumental pedazo de atrezzo. Una carraca decorada de nave colonial interestelar, una gigantesca estafa. Los pasajeros, previo cobro astronómico, eran embarcados, invernados, ¿ejecutados ? y se les lanza a la nada tras haberles vaciado la cuenta corriente con la promesa de un nuevo comienzo.  Algo que nadie podría reclamar 120 años más tarde, » las reclamaciones al maestro armero «, que dicen los votantes de Vox. Un pasajero despierta y descubre la siniestra estafa, esta vez, en vez de actuar como un adolescente hedonista con tendencias suicidas, le imaginaba yo reacciones múltiples. Mata a sus compañeros y se entrega a una orgía necrofílica y reina sobre una nave de muertos, consigue desviar la nave y la estrella sobre la Tierra en venganza…
En fin, Passengers me parece un producto propagandístico refinado  para conformar nuestras ya escacharradas mentes con el pensamientopositivismo asesino, y prepararnos para aceptar estos tiempos de «coccooning» que los más listos dicen que se nos vienen encima. Wall-E era un humanista socialista comparado con estos dos pazguatos gringos, el futuro, si no es transhumano, será maquinal o canino.

En la Edad Media decían los teólogos que el género humano se dividía en vivos,  muertos y navegantes. ¿Cómo consideramos a los colonos invernados en periplo interestelar?, ¿ y a los que despiertan para una muerte en vida rodeados de vivos atrapados en una crisálida de muerte suspendida? No lo sé . Siempre nos quedarán las cucarachas.

El mensaje más perverso de la película: se presenta a la emigración como hija de del hastío vital. Genéticamente, dicen algunos, somos transhumantes, andariegos eternos; en nuestra sangre está el movernos, ¿la dromomancia?, errantes tras la expulsión del paraíso. Quedarnos quietos y trazar surcos en el suelo trajo el estigma y maldición de Caín. En nuestro presente, o lo que por tal tomamos, e inmediato futuro, «te llaman porvenir porque nunca llegas», millones de seres humanos no tendrán más remedio que desplazarse para asegurarse la mera supervivencia. Presentar la emigración interestelar como una vacación radical permanente a un campamento de deportes extremo para cansados de la vida muelle me parece perverso. ¿El futuro de Amazon? Me gustaría saber si Elon Musk ha producido esta propaganda. Seguro que sí.
Malivern de Arcos, 2021
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La realidad ha muerto

«If you count the legal votes, I easily win»

Donald Trump, 5 de noviembre de 2020

Por @franciscoxec

En los medios oficiales del mundo entero, salvo en Rusia, estas palabras desataron la risa generalizada; con matices, por supuesto. Sin embargo, esta frase era comparable al “Dios ha Muerto”, de Friedrich Nietzsche; aunque su consecuencia fue mucho más grave de lo que podríamos haber imaginado, pues la realidad, oficialmente, murió. Sigue leyendo

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Trump: el ‘revolucionario’ que no fue

Por @franciscoxec

Afuera de Estados Unidos, todos recuerdan el Muro de México, pero este solo era la punta del Iceberg. Lo que Donald Trump prometía era trabajo, y de verdad. No como el de ahora; sin contratos, un día sí y un día no… Él ofreció curro como el de antes. (El “AGAIN” del “Make America Great Again” no era gratuito). OTRA VEZ…

Veamos su principal vídeo de campaña para 2016:

«Recuperar el poder para el pueblo, los poderosos del país están coludidos con grandes fortunas globales que nos quieren robar; para más pruebas, los infames tratados de libre comercio”. Esto pudo haberlo dicho tanto Chávez como Le Pen; tanto la “extrema izquierda” como la “ultraderecha”, qué importa. Si no es porque, en el aviso, el mismo Trump dice que los trabajos se fueron hacia México y China, recién uno puede ubicar que el contexto es el estadounidense. ¿Lo dijo un marxista? ¿Un fascista? Da igual, es un discurso rompedor, revolucionario y caló entre la gente normal. Ya, en 1992, el independiente Ross Perot alcanzó un 18% de votación con un relato similar, donde el principal enemigo era el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Que el anterior vídeo lo haya narrado un candidato republicano es de risa, pero si es Donald Trump, ya no suena tan incoherente, a pesar de ser él parte del ‘establishment’ (o ‘casta’, como dirían en España). Y es que el magnate se ha esforzado en tener los modales que más lo aparten de esa abominable élite que le «roba al pueblo americano». Al respecto, es difícil saber si él se imaginó algún día ser el hombre que es ahora, cuando en los 80 se presentaba tan cool, tan Duran Duran, tan sofisticado…

Otro espíritu en su cuerpo.

Y fueron precisamente sus modales, no sus inalcanzables metas políticoeconómicas, las que erizaron la piel de los republicanos más elegantes. Tanto así que Trump tuvo que amenazar con lanzarse a la presidencia como independiente; algo que asustó aún más a sus copartidarios, que nunca olvidarán lo que sucedió cuando otro republicano, en 1912, Theodore Roosevelt, hizo precisamente eso: ir solo. ¿El resultado? Apenas un estado para los republicanos, seis para Roosevelt y el resto (40), para los demócratas. El Apocalipsis.

Hoy en día, el resto es historia con Trump. La ‘revolución’ no se hizo realidad. No hubo muro. El Obamacare sigue ahí… Ni siquiera su intención de dejar de enviar soldados por todo el mundo (no por pacifista sino porque eso cuesta dinero) se hizo realidad. Eso sí, derogó cuantas leyes medioambientales pudo para «salvar empleos»; como si las energías renovables no ofrecieran nuevos puestos de trabajo. También no dejó de reventar Twitter, causando sobreinformación que los medios no fueron capaces de discernir con sabiduría, colocando varias noticias más importantes al nivel del tuit de turno.

Es por eso que, a la hora de buscar la reelección, Trump no tenía qué decir. Su discurso revolucionario quedó en nada. Y el resultado de todo ello es el siguiente vídeo, el principal de su campaña:

Los números.

Desde 1853 solo dos partidos ganan las elecciones en Estados Unidos: el demócrata y el republicano. Y es a partir de Bill Clinton, en 1993, que los presidentes de ambos bandos eran reelegidos y luego intercalados.

Presidente Periodo
Bill Clinton 1993-1997 y 1997-2001
George W. Bush 2001-2005 y 2005-2009
Barack Obama 2009-2013 y 2013-2017

Siguiendo esta tendencia, que podríamos llamarla “era de la reelección y alternancia”, Donald Trump tendría que haber sido reelegido holgadamente en 2020 y la verdadera contienda para el cambio de mandato partidista tendría que haber sido en 2024. Según la lógica de los últimos 27 años, la actual contienda debió ser solo una formalidad y no la apretada lucha que vemos en estos días (otra característica de esta ‘era’ había sido la contundencia de las reelecciones).

¿Pero y qué hizo que la era de «reelección y alternancia» haya durado 27 años? Puede que el carácter estadounidense (en caso eso exista), pero con Bill Clinton es más objetivo tener en cuenta el resurgimiento económico durante su mandato; tanto así que Al Gore heredó una buena cantidad de votos; casi repitiendo lo que Ronald Reagan logró con George W. H. Bush: tres mandatos consecutivos republicanos.

Después de mentir, el pueblo lo quiso más.

¿Y qué hizo George W. Bush para ser reelegido? Tener a su país en guerra luego del 11 de septiembre. La unidad del pueblo americano en torno a su presidente se evidenció en una contundente reelección. Nunca importó que el país atacado no haya tenido las famosas armas de destrucción masiva; cuestionar ello hubiera sonado a muchos a traición a la patria en ese momento.

Con respecto al primer periodo de Barack Obama, la esperanza (HOPE) que su mandato inspiró después de los descalabros económicos y de política internacional del gobierno de George W. Bush, seguía aún vigente; además de una leve recuperación económica. Sin embargo, el camino estaba servido para un cambio de partido después de él en 2018, pues tampoco hizo nada extraordinario. Al fin y al cabo, él simplemente fue un presidente de Estados Unidos.

¿El virus que ‘no importa’ lo derrotó?

En el caso de Trump, él jugó todas sus cartas de reelección a una recuperación económica aún más pronunciada que la de Obama; aunque muchos dicen que él surfeaba en las olas que le había dejado su antecesor. Hasta que llegó el coronavirus. Es ahí donde Trump demostró ser una persona normal, no un estadista o político sagaz. El coronavirus era un enemigo. Y tranquilamente pudo él haber puesto a su país en «estado de guerra», tal como lo hizo su correligionario George W. Bush. Sin embargo, su obsesión con los números lo llevaron a prácticamente convertirse en un negacionista del virus. ¿Cómo pelear contra algo que él mismo se esforzó en negar?

A pesar de ese error estratégico que le habría valido una reelección muy holgada, es impresionante la cantidad de gente que votó por él (70 millones). Tal vez, una buena explicación fue el casi ‘plebiscito’ que quiso hacer con el virus: libertad (yo) vs. confinamiento (él). Una estrategia buena para cazar millones de votos entre quienes temen no poder pagar la hipoteca mientras los negocios sigan cerrando, pero no lo suficientemente convicente como para asegurar la reelección de un político que genera tantos anticuerpos.

Es por ello que más impresionante aun es la cantidad de personas que votaron contra él (74 millones). Joe Biden no es el candidato más sexy del mundo, pero sí el más votado en la historia de Estados Unidos. Así que esos no fueron solo votos hacia el demócrata sino contra el republicano; el revolucionario que nunca fue, más sí el incendiario.

La estrategia política de Trump, basada en el milenario «divide y reinarás», deja a la sociedad estadounidense más fracturada de su historia; inclusive familias divididas. Hasta el punto de que hoy en día es muy difícil tener un conversación sobre él sin que broten las emociones más primarias y el raciocinio sea dejado de lado ¿Ahora que, aparentemente, él tiene los días contados, se convertirá en algo peor que un incendiario? Por el momento, ya dinamitó el sistema democrático estadounidense dejándolo con la reputación de una república bananera dictatorial (por lo menos entre sus seguidores, que se cuentan por millones).

«Si no es mía, no será de nadie», como el malo de Tenet.

El pueblo estadounidense ya comprobó que ni con un negro ni con el «tío loco de alguien» se puede lograr un cambio en un estado tan constituido como el que los gobierna. Tanto el partido demócrata como el republicano son parte del aparato de estado. No pueden dar más de lo que son. Y tampoco el presidente que salga de esos dos partidos. La puerta queda abierta, entonces, a una tercera alternativa en las próximas elecciones… si es que las hay.

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