Juanma Santiago sobre 1984 de George Orwell

Aunque el texto tiene 20 años, yo descubrí hace unas semanas esta interesante conferencia de Juanma Santiago, a quien conozco desde mis tiempos en Ciencia Infusa y las batallas epistolares entre frikis de la lista de correo electrónico de los 90 de la AEFCF, antes, y ahora AEFCFT, sobre la novela 1984 de George Orwell que compartió en Twitter. De referencia siempre y más estos días en los que el control social es protagonista de temores y acciones, me interesó de inmediato y disfruté con la lectura, y quise saber qué opinaba Juanma a día de hoy sobre la novela, las distopías y el momento actual, bajo la mirada de la cifi.

Juanma Santiago (Madrid, 1970) es licenciado en Historia Moderna y Contemporánea.
Comenzó a publicar relatos en los fanzines y revistas del fandom de los años noventa. Entrado ya el nuevo milenio, se orientó hacia el ensayo (y con ello ganó dos premios Ignotus y una mención Alfredo Benítez), la dirección de publicaciones (Stalker, Gigamesh y Artifex Cuarta Época) y la docencia (máster de Historia del cine en 50 películas de Estudiodecine). En la actualidad se dedica a tareas de edición como freelance (corrección y redacción de textos y elaboración de informes de lectura). Es coautor del libro de ensayo cinematográfico Porque yo tengo un arma y tú no. La
guerra de los Balcanes en el cine (2002). Además, ha publicado la novela Y estoy aquí,
aquí para quererte (2018) y el libro de ensayo Moriremos por fuego amigo. Crónica de
la ciencia ficción española de los años noventa… y más allá (2019).

 

FSF >> ¿Qué te llevó, hace 20 años, al análisis de la novela 1984?

JMS >> En primer lugar, el hecho de que era una de mis novelas favoritas desde la adolescencia y me apetecía releérmela en profundidad. La ocasión se presentó cuando la Feria del Libro de Cádiz le encargó a Luis García Prado coordinar un ciclo de conferencias sobre ciencia ficción en mayo del 2003. Se puso en contacto con Rafael Marín, Julián Díez, Alberto Cairo y yo, y nos repartimos los títulos, partiendo de la premisa de que debíamos hablar de contenidos accesibles para el gran público, que estuvieran en catálogo y que fueran clásicos contrastados. Pocos meses antes había colaborado en un ensayo colectivo, Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX, que coordinó Julián Díez y apareció en La Factoría de Ideas, y en el reparto de obras de las que debíamos hablar constaté que bastantes de ellas eran distopías. No pude escribir acerca de 1984 porque la tesina de Luis García Prado en Ciencias Políticas versaba precisamente sobre la novela de Orwell y eso hacía inexcusable que fuera él quien se encargara de analizarla, pero me quedé con las ganas. Cuando fui a la universidad, Orwell era uno de nuestros autores de cabecera. El año 1984 estaba reciente, y abundaban las reflexiones acerca de los aciertos y errores de Orwell. A poco que rascaras, el influjo de la novela en la cultura popular era enorme, desde discos como Diamond Dogs de David Bowie, Operation: Mindcrime de Queensrÿche o la banda sonora de la adaptación al cine dirigida por Michael Radford que compusieron los Eurythmics hasta homenajes indisimulados como la película Brazil de Terry Gilliam o el cómic V de Vendetta de Alan Moore. Era, pues, un referente ineludible. En su momento, 1984 me había impresionado por el retrato implacable que efectuaba de un estado opresor, aunque la novela de Orwell que realmente me gustaba era Homenaje a Cataluña; incluso me basé en esta para un relato de ciencia ficción que apareció publicado en las antologías Visiones de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción (AEFCF). Pero al releer 1984 unos años más tarde, con un poco más de contexto histórico sobre la época en general y la biografía de Orwell en particular, descubrí que se me habían escapado muchas cosas en las lecturas previas, y por ello aproveché la oportunidad cuando me propusieron participar en el ciclo organizado por la Feria del Libro de Cádiz. Por fin podría realizar la lectura exhaustiva que le debía al libro desde hacía tiempo, e indagar un poco más acerca del autor. Podría haberme decantado por Un mundo feliz, de Aldous Huxley, pero en aquel momento me pareció que la novela de Orwell era mejor opción. La charla en sí cumplió sus objetivos y, además, Luis me proporcionó nuevas pistas en el turno de preguntas, de modo que, cuando la Asociación Cultural Xatafi me propuso dar una conferencia en la hispacón (convención española de ciencia ficción) que se iba a celebrar en Getafe ese mes de octubre, decidí ampliar la temática y hablar no solo de 1984, sino también de la vida y obra de George Orwell. Guardo muy buen recuerdo de aquella charla, porque pude departir con un espectador que había combatido en la Guerra Civil y me puntualizó algunas de las impresiones que había apuntado sobre Homenaje a Cataluña.
FSF >> ¿Por qué son tan fascinantes las distopías?
JMS >> Las distopías nos enfrentan a nuestros miedos más inmediatos. Son, por así decir, el realismo duro de la literatura fantástica. Gracias a la ciencia ficción, podemos analizar nuestro presente y descubrir claves para superarlo y construir un futuro mejor. Es, parafraseando el poema de Gabriel Celaya, un arma cargada de futuro. Pero, de todas las modalidades y todos los subgéneros de la ciencia ficción, el que suele estar más apegado a nuestro aquí y ahora son las distopías. Como buen exponente de la ciencia ficción política contrahegemónica, las distopías suelen efectuar análisis muy anclados en la realidad sobre asuntos como la violencia institucional, mediática y social, el control social y político o la negación y eventual supresión de la individualidad. Es, además, muy interesante bucear en la historia de las distopías, porque estas nos muestran cuáles son las preocupaciones más importantes de cada época. Las distopías clásicas de entreguerras (entre las que podríamos incluir 1984, aunque se publicara cuatro años después del final de la Segunda Guerra Mundial) se preocupan sobre todo por el auge de los totalitarismos; las que llamo adultas (Fahrenheit 451 o Mercaderes del espacio), por las renuncias a la libertad individual en sociedades nominalmente democráticas o al menos no abiertamente totalitarias; las de los años setenta, por los efectos que fenómenos como la crisis del petróleo o la superpoblación producen en los ciudadanos de a pie; y las más recientes distopías juveniles o audiovisuales, por el impacto de las nuevas tecnologías y los temores fundados al advenimiento de regímenes iliberales o incluso manifiestamente dictatoriales. También es interesante seguir la evolución del feminismo a través de las distopías, desde Ursula K. Le Guin hasta Margaret Atwood. En general, la distopía tiende a ser crítica con el discurso oficial, lo que la convierte en una herramienta incómoda de análisis del mundo presente; de ahí que no sea del agrado del poder hegemónico, como pudieron comprobar en sus propias carnes algunos de sus autores más relevantes, como Yevgueni Zamiatin o el mismo George Orwell. Las distopías, como las ucronías, nos ofrecen mundos terribles que en realidad son el nuestro, pesadillas con aire acondicionado, como las definió el crítico Sam J. Lundwall. Y, lo que es más importante, nos enseñan qué falla en nuestra sociedad y cómo podríamos cambiarla.
FSF >> ¿Crees que vivimos en una?
JMS >> Sin duda. Y lo peor es que, más que venir dada por el totalitarismo de 1984, se manifiesta en forma de utopía, como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la que los épsilon eran realmente felices gracias al soma y un condicionamiento continuo, o Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl y C. M. Kornbluth, en la que el consumismo está tan interiorizado que los ciudadanos de a pie prefieren (¡y les sale más rentable!) vivir enganchados a desintoxicarse. Lo triste no es que vivamos en una distopía, sino la cantidad de gente que se siente cómoda viviendo en ella a pesar de que sufren sus consecuencias. En ocasiones parece como si los medios hegemónicos hubieran tomado nota de las indicaciones que daba Orwell y, como dice Alejo Cuervo, en vez de considerarla una advertencia la hubieran utilizado como un manual de instrucciones. Algunas distopías se han convertido, pues, en profecías autocumplidas. Vivimos o corremos el riesgo de vivir a corto plazo en mundos tan descorazonadores como los que presentan 1984, Un mundo feliz, El cuento de la criada, Black Mirror, Fahrenheit 451 o Gattaca.
FSF >> 1984 habla mucho sobre la sumisión, como recalcas en tu análisis, y el miedo. Parece que el principal miedo de Orwell era el miedo, el miedo de cada persona, ¿qué sensación personal te dejó la lectura de 1984?
JMS >> La primera vez que la leí me pareció el libro más tremendo que había leído hasta entonces, porque no ofrecía ningún tipo de esperanza, pero yo era joven y no podía captar todos los matices. En la primera relectura, en la universidad, descubrí parte del trasfondo político. Más adelante, mientras preparaba la conferencia, entendí a la persona y a los personajes, incluido el torturador O’Brien. Sufrí con el terrible final de la relación entre Winston y Julia, en especial por el hecho de que se traicionen y, es más, lo hagan por miedo. Los capítulos que describen los interrogatorios y las torturas de la habitación 101 son un mazazo, porque, al leerlos, sabes que correrías la misma suerte que Winston. En el fondo, nos domina el cerebro reptiliano, y el miedo y la lucha y huida guían nuestros actos en última instancia. A poco que rasques, cuando te torturan, ya sea de manera física o psicológica, actúas como lo han hecho todos los seres vivos desde hace cientos de millones de años. El miedo te acerca más a la animalidad que a la humanidad. La idea de que la clave para tenerte controlado estriba en saber cuáles son tus peores pesadillas es terrible, porque es cierta. Y hay regímenes que han hecho y hacen de este conocimiento su seña de identidad. La doctrina del shock a la que nos someten continuamente los poderes no deja de ser una variante amable de este tipo de control.
Todo esto deja un poso importante en quien lee y comprende 1984. Te sacude como lector, pero también como persona. He leído novelas más terribles aún, como Nosotros, Un mundo feliz o En alas de la canción, pero la primera vez que experimenté ese vértigo existencial, la certeza de que para destruirnos solo hace falta saber cuál es nuestro punto débil, fue leyendo la novela de Orwell. La impresión que tengo de ella es, por un lado, que se trata de un grito de advertencia lanzado por alguien que sabe perfectamente de qué habla, por haber sufrido una persecución ideológica y por haber trabajado como manipulador de la verdad.
FSF >> En tu conferencia, explicas que el contexto histórico y las ideas de Orwell tiñeron, como parece difícil de otra forma, el esquema social de 1984, ¿crees transportable como espejo al contexto actual alguna de las ficciones planteadas en la novela?
JMS >> Sí, aunque el mundo de Orwell difiere del actual. La novela es hija del pensamiento de entreguerras y refleja muy bien el mundo que se adivinaba para la posguerra. Por otro lado, la existencia de tres bloques nos habla más del equilibrio entre capitalismo, fascismo y comunismo. Es evidente que el mundo actual no es el mismo y que los peligros que lo amenazan no tienen por qué ser los mismos, pero el esquema de funcionamiento de los medios coercitivos es, a grandes rasgos, el mismo; en ocasiones, incluso ha sido superado. Winston Smith es un pobre funcionario cuyo trabajo consiste en escarbar en la prensa para borrar las menciones a la gente que ha caído en desgracia, pero, leído ahora, su modus operandi para manipular la verdad y la historia resulta incluso inocente y rudimentario. De vivir hoy, Winston Smith sería un falso autónomo que trabajaría desde su casa creando deepfakes en el ordenador y, probablemente, necesitaría ingresos extra para llegar a fin de mes, de modo que tal vez sería, además, repartidor de Glovo y chófer de Cabify; ni que decir tiene que jamás habría hecho match con alguien como Julia y que sería un incel de libro. Bien mirada, la vida del Winston Smith en el mundo de 1984 es más digna que la que tendría de haber vivido hoy en día. La realidad ha adelantado por la derecha a la novela y ha ido más allá que ella en algunos aspectos planteados por Orwell, aunque es evidente que en otros aspectos no acertó, cosa que no tenía por qué hacer, ya que no era una profecía sino una advertencia. Pero, en lo esencial, la manipulación de la verdad, el doblepensar, la neolengua y su manera de retorcer la realidad, la reescritura continua de la historia, el mismo concepto de fin de la historia que acuñó Francis Fukuyama o el recurso a la doctrina del shock son perfectamente extrapolables a la sociedad actual. El Gran Hermano actual es mucho más sutil y no necesita recurrir a una dictadura declarada ni eliminar físicamente a sus disidentes, pero, en los aspectos realmente importantes, ejerce el mismo grado de control sobre la población que el de 1984, y con mecanismos similares. Como, por otra parte, cabía esperar, ya que, como he dicho, la novela es una profecía autocumplida.
FSF >> ¿Qué opinas de la reivindicación de 1984 como meme sensacionalista, especialmente ahora con la Pandemia?
JMS >> Es un recurso fácil, pero funciona. Me explico. Es fácil, porque más o menos todo el mundo ha leído la novela o al menos sabe de qué va, pero lo cierto es que los memes pecan muchas veces de exagerados o tremendistas, y además inciden siempre en un par de tópicos que ni siquiera eran lo más destacable de la novela. No tiene nada de original presentar, por ejemplo, a Pedro Sánchez como un Gran Hermano benefactor cuyo Goldstein particular es la lucha contra la pandemia. Por otro lado, es innegable que la imagen funciona, y crea un diálogo entre realidad y ficción que reconocemos de inmediato: Sánchez te vigila, como el Gran Hermano, y además la pandemia no existe o está a sueldo del Gran Hermano, como Goldstein o los pensapoles. Me centro en el primer meme que me viene a la cabeza, pero sin duda hay muchos más que tal vez insistan en otros aspectos de la novela.
FSF >> Tu conferencia está encaminada a demostrar que a pesar de ser una una distopía descorazonadora, 1984 tiene un happy ending oculto, ¿has mantenido esa postura?
JMS >> Creo que es una idea válida, aunque con matices. Es indudable que Orwell no quiso escribir una novela optimista, porque quería advertirnos sobre un futuro terrible que consideraba inevitable. Por otro lado, me resultó curioso el epílogo que aparece en la edición de Destino, «Los principios de la neolengua», que analiza uno de los grandes aciertos de la novela: la creación de un lenguaje oficial que pretende sustituir al inglés entre las élites. La premisa del ensayo, y Orwell sabía de esto como buen periodista, es que el uso del lenguaje modela el pensamiento, de ahí que el sistema no dejara al azar ningún detalle de la neolengua y que, cuanto más se ascendiese en la jerarquía del Ingsoc, más generalizado estuviera su uso y menos se hablase en inglés coloquial. En algún momento de las relecturas que hice para preparar la conferencia caí en la cuenta de que el ensayo no habla de la neolengua en presente, sino en pasado. La neolengua se hablaba. Estaba previsto que la neolengua se implantara para tal fecha. Orwell no daba puntada sin hilo, de modo que ese empleo del tiempo verbal pasado solo podía significar que, en su ficción, ya no se habla la neolengua, y eso, de manera implícita, solo puede significar a su vez que el Gran Hermano fracasó. No queda claro si el régimen se vino abajo, si depusieron al Gran Hermano o si el sucesor de este simplemente cambió de prioridades y dio por concluido el experimento lingüístico, pero lo cierto es que, leído de este modo, el epílogo de 1984 ofrece un rayo de esperanza: se puede vencer al Gran Hermano. Claro está que, conociendo a Orwell, a lo mejor solo pretendía dar a entender que incluso las dictaduras viven procesos de cambio, y que estos no tienen por qué ser a mejor. En todo caso, ese final feliz lanzado de manera casi subliminal me parece significativo, y creo que admite una lectura esperanzadora, además de ser una buena metáfora de la percepción popular de las distopías: nos solemos acordar de su tremendismo, pero es muy frecuente olvidar el hecho de que la toma de partido de sus autores al denunciar mundos de pesadilla implica la voluntad de mejorar el estado de las cosas.
FSF >> ¿Nos recomiendas alguna novela cifi para estos días extraños? (Yo ya me he descargado Nosotros, de la que hablas en tu conferencia, y que por desgracia desconocía hasta hoy)
JMS >> Como no estoy muy al día, recomendaré algunos clásicos que tal vez estén fuera del radar pero que son muy buenos. Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, es la distopía de la que beben tanto el Huxley de Un mundo feliz como el Orwell de 1984. El autor había participado en la Revolución rusa, pero se distanció del régimen, cayó en desgracia y, después de escribirle una carta estremecedora a Stalin en persona, consiguió que este le permitiese partir al exilio. Ni Orwell ni Huxley se acercan al nihilismo con el que Zamiatin niega incluso la individualidad (los protagonistas se llaman D-503 e I-330, ni siquiera tienen derecho a usar un nombre, y además viven entre paredes transparentes para no tener intimidad), y además está escrita de una manera magistral. Es una obra maestra que merece mayores difusión y reconocimiento. Otras distopías estupendas son La guerra de las salamandras, de Karel Capek, que, a diferencia de la mayoría de las distopías, es tremendamente divertida, y Limbo, de Bernard Wolfe, cuyo cinismo es digno de admiración.
Con motivo de la pandemia se ha hablado mucho de Soy leyenda, de Richard Matheson, o Elogio de la ceguera, de José Saramago, que son muy recomendables, pero siento una debilidad por La tierra permanece, de George R. Stewart (de quien, por cierto, partió la idea de poner nombres a los huracanes y tormentas tropicales). Tras una pandemia que acaba con prácticamente toda la humanidad, uno de los escasos supervivientes se propone nada más y nada menos que reconstruir la civilización, pero a lo largo de los años comprende que es una tarea condenada al fracaso.
Una entrevista de Musidora para el Frente Sónico Futurista >>

 

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Trump: el ‘revolucionario’ que no fue

Por @franciscoxec

Afuera de Estados Unidos, todos recuerdan el Muro de México, pero este solo era la punta del Iceberg. Lo que Donald Trump prometía era trabajo, y de verdad. No como el de ahora; sin contratos, un día sí y un día no… Él ofreció curro como el de antes. (El “AGAIN” del “Make America Great Again” no era gratuito). OTRA VEZ…

Veamos su principal vídeo de campaña para 2016:

«Recuperar el poder para el pueblo, los poderosos del país están coludidos con grandes fortunas globales que nos quieren robar; para más pruebas, los infames tratados de libre comercio”. Esto pudo haberlo dicho tanto Chávez como Le Pen; tanto la “extrema izquierda” como la “ultraderecha”, qué importa. Si no es porque, en el aviso, el mismo Trump dice que los trabajos se fueron hacia México y China, recién uno puede ubicar que el contexto es el estadounidense. ¿Lo dijo un marxista? ¿Un fascista? Da igual, es un discurso rompedor, revolucionario y caló entre la gente normal. Ya, en 1992, el independiente Ross Perot alcanzó un 18% de votación con un relato similar, donde el principal enemigo era el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Que el anterior vídeo lo haya narrado un candidato republicano es de risa, pero si es Donald Trump, ya no suena tan incoherente, a pesar de ser él parte del ‘establishment’ (o ‘casta’, como dirían en España). Y es que el magnate se ha esforzado en tener los modales que más lo aparten de esa abominable élite que le «roba al pueblo americano». Al respecto, es difícil saber si él se imaginó algún día ser el hombre que es ahora, cuando en los 80 se presentaba tan cool, tan Duran Duran, tan sofisticado…

Otro espíritu en su cuerpo.

Y fueron precisamente sus modales, no sus inalcanzables metas políticoeconómicas, las que erizaron la piel de los republicanos más elegantes. Tanto así que Trump tuvo que amenazar con lanzarse a la presidencia como independiente; algo que asustó aún más a sus copartidarios, que nunca olvidarán lo que sucedió cuando otro republicano, en 1912, Theodore Roosevelt, hizo precisamente eso: ir solo. ¿El resultado? Apenas un estado para los republicanos, seis para Roosevelt y el resto (40), para los demócratas. El Apocalipsis.

Hoy en día, el resto es historia con Trump. La ‘revolución’ no se hizo realidad. No hubo muro. El Obamacare sigue ahí… Ni siquiera su intención de dejar de enviar soldados por todo el mundo (no por pacifista sino porque eso cuesta dinero) se hizo realidad. Eso sí, derogó cuantas leyes medioambientales pudo para «salvar empleos»; como si las energías renovables no ofrecieran nuevos puestos de trabajo. También no dejó de reventar Twitter, causando sobreinformación que los medios no fueron capaces de discernir con sabiduría, colocando varias noticias más importantes al nivel del tuit de turno.

Es por eso que, a la hora de buscar la reelección, Trump no tenía qué decir. Su discurso revolucionario quedó en nada. Y el resultado de todo ello es el siguiente vídeo, el principal de su campaña:

Los números.

Desde 1853 solo dos partidos ganan las elecciones en Estados Unidos: el demócrata y el republicano. Y es a partir de Bill Clinton, en 1993, que los presidentes de ambos bandos eran reelegidos y luego intercalados.

Presidente Periodo
Bill Clinton 1993-1997 y 1997-2001
George W. Bush 2001-2005 y 2005-2009
Barack Obama 2009-2013 y 2013-2017

Siguiendo esta tendencia, que podríamos llamarla “era de la reelección y alternancia”, Donald Trump tendría que haber sido reelegido holgadamente en 2020 y la verdadera contienda para el cambio de mandato partidista tendría que haber sido en 2024. Según la lógica de los últimos 27 años, la actual contienda debió ser solo una formalidad y no la apretada lucha que vemos en estos días (otra característica de esta ‘era’ había sido la contundencia de las reelecciones).

¿Pero y qué hizo que la era de «reelección y alternancia» haya durado 27 años? Puede que el carácter estadounidense (en caso eso exista), pero con Bill Clinton es más objetivo tener en cuenta el resurgimiento económico durante su mandato; tanto así que Al Gore heredó una buena cantidad de votos; casi repitiendo lo que Ronald Reagan logró con George W. H. Bush: tres mandatos consecutivos republicanos.

Después de mentir, el pueblo lo quiso más.

¿Y qué hizo George W. Bush para ser reelegido? Tener a su país en guerra luego del 11 de septiembre. La unidad del pueblo americano en torno a su presidente se evidenció en una contundente reelección. Nunca importó que el país atacado no haya tenido las famosas armas de destrucción masiva; cuestionar ello hubiera sonado a muchos a traición a la patria en ese momento.

Con respecto al primer periodo de Barack Obama, la esperanza (HOPE) que su mandato inspiró después de los descalabros económicos y de política internacional del gobierno de George W. Bush, seguía aún vigente; además de una leve recuperación económica. Sin embargo, el camino estaba servido para un cambio de partido después de él en 2018, pues tampoco hizo nada extraordinario. Al fin y al cabo, él simplemente fue un presidente de Estados Unidos.

¿El virus que ‘no importa’ lo derrotó?

En el caso de Trump, él jugó todas sus cartas de reelección a una recuperación económica aún más pronunciada que la de Obama; aunque muchos dicen que él surfeaba en las olas que le había dejado su antecesor. Hasta que llegó el coronavirus. Es ahí donde Trump demostró ser una persona normal, no un estadista o político sagaz. El coronavirus era un enemigo. Y tranquilamente pudo él haber puesto a su país en «estado de guerra», tal como lo hizo su correligionario George W. Bush. Sin embargo, su obsesión con los números lo llevaron a prácticamente convertirse en un negacionista del virus. ¿Cómo pelear contra algo que él mismo se esforzó en negar?

A pesar de ese error estratégico que le habría valido una reelección muy holgada, es impresionante la cantidad de gente que votó por él (70 millones). Tal vez, una buena explicación fue el casi ‘plebiscito’ que quiso hacer con el virus: libertad (yo) vs. confinamiento (él). Una estrategia buena para cazar millones de votos entre quienes temen no poder pagar la hipoteca mientras los negocios sigan cerrando, pero no lo suficientemente convicente como para asegurar la reelección de un político que genera tantos anticuerpos.

Es por ello que más impresionante aun es la cantidad de personas que votaron contra él (74 millones). Joe Biden no es el candidato más sexy del mundo, pero sí el más votado en la historia de Estados Unidos. Así que esos no fueron solo votos hacia el demócrata sino contra el republicano; el revolucionario que nunca fue, más sí el incendiario.

La estrategia política de Trump, basada en el milenario «divide y reinarás», deja a la sociedad estadounidense más fracturada de su historia; inclusive familias divididas. Hasta el punto de que hoy en día es muy difícil tener un conversación sobre él sin que broten las emociones más primarias y el raciocinio sea dejado de lado ¿Ahora que, aparentemente, él tiene los días contados, se convertirá en algo peor que un incendiario? Por el momento, ya dinamitó el sistema democrático estadounidense dejándolo con la reputación de una república bananera dictatorial (por lo menos entre sus seguidores, que se cuentan por millones).

«Si no es mía, no será de nadie», como el malo de Tenet.

El pueblo estadounidense ya comprobó que ni con un negro ni con el «tío loco de alguien» se puede lograr un cambio en un estado tan constituido como el que los gobierna. Tanto el partido demócrata como el republicano son parte del aparato de estado. No pueden dar más de lo que son. Y tampoco el presidente que salga de esos dos partidos. La puerta queda abierta, entonces, a una tercera alternativa en las próximas elecciones… si es que las hay.

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