Quiero pasar la mañana en la playa viendo salir el sol. Volver a casa a escribir y a hacer canciones, pasar alguna tarde ensayando con mi banda, y otras comprando ropa o libros en un mercado. Ducharme, peinarme, maquillarme y estrenar un vestido espectacular. Y pasarme las noches bailando italo-disco en San Junípero.

Esta es mi idea de cielo en la Tierra. ¿Cuál es la tuya? Puede que sea ver crecer a tus hijxs comos seres felices, enteros, sin carencias. Tal vez. Tal vez creas que la felicidad es una imagen, o dos, congeladas en la carrera del tiempo. Puede que no sueñes, ni pretendas vivir en el cielo. Puede que estés encerradx en un cubo de cemento, justo donde posiblemente acabes. Y si no sueñas, que de eso se trata, de nubes de algodón y cielos ideales, no hay futuro.

Los titulares periodísticos dan escalofríos estos días. No solamente por su redacción si no también por la intención que contienen. Las voces del tremendismo cada vez tienen más eco, y van borrachas de una moral caduca. En tiempos de Apocalipsis, todxs tenemos derecho a celebrar la existencia como nos plazca. Con la pandemia, si algo ha sobrevenido además de la evidencia de la falta de apoyo a la salud pública, ha sido el aburrimiento. El Ocio, tan profundamente engarzado a la vida obrera y burguesa de las sociedades postindustriales, ha sido tremendamente castigado por las restricciones derivadas de la pandemia. Millones de trabajos se han ido a la mierda. Y los que sobreviven lo hacen añorando tiempos de esplendor. 

Sería más o menos razonable aceptar un sacrificio por la comunidad, por parte de estas indústrias que necesitan público físico y contacto carnal. Si no fuera porque, desde ciertos sectores de la política, de la empresa y de la prensa, se regara reiteradamente con la idea de que el ocio, sobre todo el nocturno, es incívico, desmadrado, poco menos que inmoral. Con este tufo victoriano leemos que la juventud ahora es botellonera y delincuente, y a la vez que las discotecas son indeseables en la convivencia urbana. Pues ya me dirán, señoras y señoros, donde quieren que la juventud, y todo el mundo, se divierta.

Por lo que a nosotrxs respecta, Barcelona, que presume de centro cultural cada vez que puede (cuando se vive aquí se conoce enseguida lo provinciana que puede llegar a ser), si quiere seguir haciéndolo, debería saber que sin la noche no hay paraíso.

La escena cultural nocturna es y ha sido siempre el nido, el centro, la llama eterna de la inspiración y el intercambio. Desde Bocaccio al Puerto Hurrako, desde el Zeleste al Apolo, en las Okupas, en las Asociaciones, en los conciertos, las fiestas, las expos y las actuaciones, es donde se filtran las ideas, se crean colectivos, se ama, se desea, se baila, se mezcla la gente, los proyectos, se ven cosas nuevas y se aprende.

¿Dónde si no?

Pongan baños públicos. Construyan mejor los edificios. Faciliten viviendas, y el éxodo de familias a zonas más tranquilas y adecuadas para educar y crecer, y también envejecer. Dejen la ciudad como hervidero cultural. Y zonas verdes para hacer botellones (que se escucha música en unos equipazos instalados en coches, que ya quisiera yo pinchar en uno). Déjennos vivir y escoger, sin dobles moralinas, por toda la face.

Al fin y al cabo, el descubrimiento arqueológico más importante del momento, la zona del Göbekli Tepe, nos está explicando a gritos que, para bien o para mal, es cuando el ser humano establece una comunidad de comunidades cuando se inicia lo que conocemos como civilización. Está en nuestros fundamentos: reunirnos, celebrar, compartir, hacer ruido, ensanchar la consciencia, materializar en las piedras nuestros sueños y pensamientos.

Vale que también se practicaba el asesinato y el canibalismo, pero tampoco hace falta retroceder en nuestra evolución en ningún modo si no al contrario, se trata de seguir adelante. Y si no respetamos lo más sagrado, lo que nos une, lo que nos hace parte de un mismo y único proyecto, que es mantener la barca a flote para la siguiente generación, o sea sobrevivir, acabaremos apagando el fuego primigenio. 

Celebren, personas de todas las edades, todo lo que puedan, y juntas, bien mezcladas, y agitadas.

Estamos todxs a la vez, en la misma línea temporal persiguiendo absurdos anhelos que ruedan alrededor de los instintos, somos efímeros como las moscas, nadie sabe qué hacemos aquí. La vida es algo misterioso, interdimensional, que no comprendemos pero que es, sin duda, LA experiencia. 

¿Hay algo más digno de celebración?

por Musidora

(imagen portada: la rave de Matrix)

 

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