Distopías en UN MUNDO FELIZ

por Musidora

Una nueva serie distópica en nuestras pantallas: la adaptación del libro genial de Aldous Huxley: Brave New World, literalmente «Valiente Nuevo Mundo» aunque aquí lo conocemos como Un Mundo Feliz.

Jordi Soleto (Jordi Flekos), Silvia Escario (Silvia Resorte) y, con considerable anterioridad, Daniel Inalámbrico, personas cuya opinión tengo en gran respeto, me han hablado de la incompatibilidad del uso de la distopía como recurso argumental con el momento actual, debido a que ya estamos viviendo una distopía, y todxs coinciden en que sería más conveniente redactar utopías. Pese a que probablemente tengan toda la razón, y hasta la prensa meanstream se haya hecho eco de esta corriente, no cesan de realizarse obras distópicas, algunas clásicas de la ciencia-ficción y otras herederas de ellas, sobre todo en formato de serie para plataformas de pago online, que es la televisión del futuro, o sea, la televisión de hoy, y también, de momento y por suerte, están disponibles para ver gratuitamente.

La última que he visto es la adaptación, o una de ellas, del libro de Huxley, Un mundo feliz. Libro que llegó a mis manos en la preadolescencia. Era de lectura obligatoria, pero no le hice caso. Llegó el verano y esa portada no hacía más que llamarme. Lo devoré y transformó mi existencia . Nunca lo he releído pero voy a hacerlo. La serie me está gustando, me refresca las sensaciones que tuve. La estética es muy retro y a la vez futurista, con lo que esa inmovilidad del espacio-tiempo de un mundo en bucle social a punto de estallar resulta tan familiar como lejana, y a la vez factible en cualquier futuro, como lo ha sido en todo pasado, pues no hemos dejado de vivir jamás en una jerarquía. 

Al ser un libro ya antiguo (de 1932), ha servido de inspiración muchas veces y ha sido adaptada al cine y a la televisión, en pocas ocasiones teniendo en cuenta la atemporalidad de la novela y lo sorprendentemente aún novedoso de sus cuestiones. La serie funciona. Me gusta mucho el elenco actoral y las reminiscencias del retrofuturismo en todo su abanico, citando visualmente a La Vida Futura, entre otras, o los diseños de Syd Mead, y aunque incurre en el manido ochenterismo americano, lo hace con atino. Con un presupuesto más ajustado que el de las producciones cinematográficas, más pendientes últimamente de la impresión momentánea que del disfrute de un buen guión, las series están consiguiendo una gran atención.

Un mundo feliz (A brave new world) es una distopía que presenta dos mundos igualmente equiparables en desigualdad, pese a que se busca la perfección social y el bienestar social (así como ocurre en Los Desposeídos de Ursula K. Leguin). El bienestar de New London no se basa pero sí abusa del mundo opuesto; el mundo salvaje. En las distopías, los individuos despiertan a una realidad en la que están atrapados, sintiéndose cautivos de un sistema del que forman parte sin haberlo elegido y del que intentan escapar, como en La Fuga de Logan. Normalmente esos mundos distópicos claustrofóbicos lo son porque suelen atacar los valores más fundamentales del ser humano, sobre todo el más importante: la libertad, personal y colectiva. Y son frutos literarios de represiones terroríficamente reales, como las dictaduras. 

La literatura distópica suele hacer una crítica tan apurada que acaba persistiendo en la idea de que, en primer lugar; ningún sistema es estable y requiere de cambios que primero revolucionan y después se enquistan de nuevo; y en segundo lugar que el propio proceso es a la vez un trabajo interior y completamente individual, ya sea como elemento transformador o receptivo de esos cambios tan necesarios como inevitables. Al ejercerla, la teoría utópica del sistema perfecto se desintegra, nos explican, y quien la ejerce no es más ni menos que nosotrxs mismxs. Y esa es exactamente la definición de Utopía, inalcanzable en sí misma, por lo que se convierte en distopía en cuanto se estanca en la práctica, lo que a su vez convierte a distopía y utopía en términos indivisibles.

Las historias distópicas molan porque te hacen pensar tanto hacia fuera como hacia dentro, tanto en las experiencias de organización colectivas como en las personales. Si están bien hechas, claro. A veces sólo son escenarios postapocalípticos y narraciones bélicas, pero en su mayoría y en su origen, son escenificaciones fantásticas de futuros probables y no siempre la lectura es aterradora, aunque desde luego se prioriza la crítica y la autocrítica sobre la construcción dogmática que podría llegar a ser una utopía redactada y representa escenarios que son reflejo directo de nuestra sociedad y sobre todo, y quizás lo más desagradable y para mí más interesante del subgénero de la ci-fi, de cada unx de nosotrxs.

El hecho de que los personajes protagonistas casualmente despierten a su realidad y luchen por transformarla, es ya de por sí un hecho esperanzador. Si lxs autorxs creyeran que no hay nada que hacer, no habría tales héroes y heroínas, si no un discurrir plano. Las distopías creen en la fuerza individual, como explica Rollerball, como elemento de cambio. Lo que pasa es que la utopía no reside en ningún sitio ni es una fórmula mágica a la que agarrarnos para generar un sistema agradable y perfecto, si no que se expresa en la constante agitación de lo establecido. Las distopías/utopías nos cuentan que no hay una tierra prometida, si no un presente que suele estar anquilosado por un lado y brillante de ideas nuevas por otro. Todo está en movimiento, yendo hacia el caos y la renovación, en un equilibrio tan solo aparente. Cada persona es su propio agente de cambio, su propio Sr. Smith, su propio Neo. Y en esa lucha crecemos todxs y, de alguna forma, avanzamos.

La utopía no es el puerto, es el camino, la idea propia, la luz, el faro. Y alumbra en cada página y diálogo, de novela o de guión, en las distopías que se plantean las verdades interiores, los miedos y sueños básicos sobre los que construimos el tejido social y las relaciones. Hay que fijarse en que, normalmente, la esperanza en las distopías reside en el amor y no en otra cosa, incluso más importante que la libertad personal; el amor hacia los demás, planteamiento que está claramente presente en el desarrollo de Un mundo feliz (donde se muestran y analizan perspectivas opuestas sobre la monogamia y la reproducción, así como los vínculos emocionales y las construcciones culturales alrededor) y también en 1984, otro clásico.

Este tipo de distopía sofisticada es particularmente emocional y psicológica y causa diversas reacciones, sobre todo ahora que vivimos una pandemia que parece de película pero que destapa corrupciones y malas gestiones bien reales. La serie Black Mirror, consiguió transferir la sensación, tan moderna, de inmediatez, al incorporar inventos recientes al repertorio de capítulos. Lo mismo ocurrió con Years and Years, buena referencia del género, que incorpora la política actual en el discurso distópico. Y es que formamos parte del sistema y tomar la perspectiva necesaria fantaseando sobre el futuro es un recurso atractivo, y efectivo en cuanto a la reflexión.

A caballo entre las distopías clásicas y las pelis de acción actuales está Elysium, en la que contemplamos ese futuro que no queremos ver, y como será luchado. Si lo que queremos saber es cómo lucharlo ahora, se puede asumir que nos debería llevar el mismo deseo que al prota, que lucha guiado por el hambre, pero también por la solidaridad y el amor. En Días extraños, distopía más que cercana, ganan la pequeña batalla los individuos que desarrollan transformaciones propias a través del apoyo mutuo y la amistad en todas sus formas.

La lucha de clases está en toda distopía, puesto que son espejos de lo nuestro y aún no hemos conseguido vivir sin desigualdad. Es imposible combatir esa tendencia humana sin radicalizarse a unx mismx y empezar a caminar, con el convencimiento de que el cambio es la única fuerza motora, en contra de la corriente estática de lo establecido. Cosa que hacen indefectiblemente todxs lxs protas de las distopías. Los valores, la ética que destilan estos personajes, guardianes de la idea utópica que pretendemos, también como mártires o como perdedores, está impregnada de la valentía de la curiosidad, de la búsqueda de la más cruda verdad, del conocimiento desde el que, intuyen, podrán ser libres. 

Es cierto y comparto que no es deseable vivir permanentemente en una distopía y tampoco aceptarla como parte de la realidad si no que es urgente cambiar la sociedad actual como lo ha sido siempre, y estaría bien por lo menos llegar al respeto total de los Derechos Humanos y Civiles de la población general, como mínima demostración de inteligencia y capacidad, sin que esa mínima norma de convivencia llegue a ser una utopía, como ahora, y su incumplimiento nos obligue a vivir en una distopía. No hay que culpar a la literatura de la falta de imaginación en cuanto a recursos positivistas en la práctica, si no a la falta de acción directa sobre los problemas reales y actuales en pos de unos ideales materialistas y destructivos, interesados y carentes de toda lógica liderados por personas que creen fervientemente en el abuso, el dominio y el robo, más que en la cooperación, el respeto y la generosidad, que es lo que denuncia la distopía. Esa lucha individual, ese posicionarse, esa elección personal, es la esencia de la literatura distópica: la autoconsiciencia y la consciencia de lo colectivo.

La perfección no existe y si lo hicera podría matarnos del aburrimiento. La distopía nos advierte, nos despierta y espabila, ¿o prefieres un Soma?

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